Guías para escribir y misceláneas literarias

  • Ariana Riccio

El zen en el arte del tiempo


Quizás, una de las actividades humanas que más involucran al ego es el arte.


En primer lugar porque, en general, el artista es un ser que busca aprobación o, al menos, reconocimiento.


En segundo lugar, porque (en mi opinión, y después de haber conocido a y trabajado con varios), el artista siempre termina hablando de sí mismo y de su vida en sus obras, aunque a simple vista no sea tan sencillo detectarlo.


En tercer lugar, porque una obra siempre es un intento -consciente o no- de dejar una huella en el universo. A través del arte, en resumen, se busca la trascendencia. En lo inmediato quizá se buscan prestigio, fama o (acaso más que nunca en este contexto) recursos para sobrevivir. Pero la meta final, siempre, es la de alcanzar a través de las obras esa eternidad de la que el cuerpo se ve privada.


El arte está ligado al ego, sí, aunque sea en cierta parte. Pero, a la vez, el arte le termina tendiendo al ego una trampa: en el momento pleno de creación, artista y universo entran en una simbiosis donde el ego queda excluido. Y, al quedar excluido el ego, también queda excluida la percepción del tiempo tal como la vivimos habitualmente. De manera que el ego cae en su propia trampa egotista y solo puede alcanzar esa trascendencia que anhela al precio de quedar anulado.


Las huellas en la arena de la escritura

De acuerdo a la filosofía zen, el tiempo es una creación del ego. Y, como criatura que honra esos orígenes, inasible, insaciable e indomable, se alimenta del pasado y se proyecta continuamente hacia el futuro.


Cuando escribimos (o creamos, en definitiva) no existe el tiempo, porque estamos en el reino del nacimiento y de la muerte, aquellos territorios donde o no tenemos conciencia del tiempo, o bien este pierde toda su relevancia. El encuentro con la hoja/ pantalla en blanco es un pequeño nacimiento donde damos a luz aquello que durante un cierto tiempo se gestó dentro de nosotros. Y es una pequeña muerte porque, una vez que esa experiencia sale de nosotros, su sentido original desaparece para poder investirse de aquel que le den otros y sobre el que, por añadidura, no tenemos ningún control.


Y ese encuentro entre el lector y el texto también es a su vez una manera de sortear los límites de la dimensión temporal.  Un texto, en cuanto huella, puede hablar del tiempo, pero no lo contiene dentro de sí. La huella no tiene pasado, no tiene futuro. Es la cristalización de un presente que se actualiza cada vez que alguien adivina, intuye o construye un camino al verla.


Por eso, al llegar a la meta del punto final que le da cierre a una historia el escritor logra una victoria –pequeña pero eterna- sobre el tiempo. Ya puede levantar su pie del suelo y seguir adelante. Las arenas de la escritura pueden ser movedizas, pero las huellas que se dejan sobre su superficie son indelebles. Tanto da que el texto quede archivado en el disco duro o en un cajón. En cualquier lugar donde exista un texto, por más escondido que se encuentre, existen también un lector potencial y un registro de vivencias que -a la distancia- se parecen más a un sueño que a una realidad.


Como dijo Jaime Bayly hace algún tiempo:

“Eso es lo bueno de ser escritor: todo lo malo que te va ocurriendo sirve para recogerlo y volcarlo en las novelas de una manera que te redima de esas miserias y esos pesares, todo lo que es malo en la vida acaso sea bueno para los emprendimientos artísticos, todo lo que te hace desgraciado te hará también, con suerte y si perseveras, menos tonto y dotará tu voz de una musicalidad única, singular, todos los que te han despedido y humillado son, quién lo diría, tus aliados impensados en el quijotesco afán de dejar una huella, algo que preserve una mínima belleza cuando ya no estemos.”

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