Guías para escribir y misceláneas literarias

  • Ariana Riccio

Terminé mi texto, ¿y ahora qué? (Parte I)



Terminar de escribir algo merece un festejo, siempre

Creo que varios lectores esperan que les diga que lo primero que hay que hacer cuando se termina de escribir un texto de una cierta extensión y relevancia, que además planeamos presentar en público (de una manera u otra), es llamar a un corrector.


En parte, están en lo cierto: estimo que ese es un paso imprescindible. Nada supera a una mirada objetiva que respete el espíritu de un texto y logre destacar en él lo mejor que posee, para lanzarlo con las mejores armas de presentación y conquista a un mundo que, en la literatura como en otros ámbitos, no se destaca por ser muy piadoso que digamos.


Sin embargo, de acuerdo a mi criterio, esa sería una instancia posterior a los pasos que voy a detallar en este texto: dos propuestas aplicables a la semana que transcurre inmediatamente después del momento en que le ponemos el punto final a un escrito. Que son, a su vez, las primeras de una serie de acciones que recomiendo realizar a quienes se encuentran en la situación que indica el título. En entradas futuras, me ocuparé de las acciones restantes.


Para comenzar, aunque suene contraintuitivo, no recomiendo darle un lugar de privilegio al intento de compensar de golpe las horas de sueño perdidas (aplauso, beso y medalla para los que logran dormir la cantidad necesaria de tiempo durante el último tramo de una maratón de escritura). Recobrar la energía luego de un esfuerzo creativo requiere un enfoque más sutil y amplio, que no está tan relacionado con dormir sino con darle nuevamente un espacio a otras rutinas que dejamos de lado en pos de dedicarnos a alcanzar esa meta que, en la recta final de nuestra labor, por fin podíamos llegar a divisar. Como un corredor que desfallece y recupera de inmediato sus fuerzas cuando vislumbra la línea de llegada, creo que aquellos que escribimos hacemos uso de toda, absolutamente toda, nuestra energía útil cuando vemos cercano ese antes inaprensible punto de destino.


En primer lugar propongo, entonces, que esos primeros siete días constituyan una etapa donde la prioridad sea volver a incorporar las rutinas pasadas momentáneamente a retiro; que incluyen, pero no se limitan a, la plácida experiencia de dormir. Por ejemplo, comer en horarios más amigables con el ritmo circadiano, disfrutar de nuestras series favoritas, dar señales de vida a las personas que ya empiezan a dudar de nuestra permanencia en este planeta, volver a lucir más presentables o (en los casos más extremos) bañarnos, salir de copas… lo que me conduce al segundo y en esta ocasión último de mis consejos, que no puede ser otro que ese.


FESTEJAR. Así, con mayúsculas. Lamento desilusionarlos, queridos lectores, pero a no ser que sean verdaderos mercenarios de la redacción —e incluso en ese caso, porque la vida es corta y se queda corta para cualquier actividad con la que intentemos darle pelea a esa condición— no serán tantas las ocasiones en que terminarán de escribir un texto que represente para ustedes algo especial, del que (más allá de faltas y errores que en la mayoría de los casos se pueden corregir) se sientan orgullosos.


Alguien se tomó demasiado en serio este consejo

FESTEJAR. Lo repito, con mayúsculas, porque esa es la entidad que se merece ese acto. Cada uno sabrá cómo y sé que quienes escribimos no solemos caracterizamos por la moderación. Lo único que puedo recomendar es que no perdamos de vista que estamos festejando una circunstancia alegre; en consecuencia, el festejo no debería conducirnos a circunstancias tristes. Por lo demás, no puedo ni quiero decirle a nadie de qué manera debería llevarse a cabo ese festejo: esa no es mi jurisdicción.


Recuperemos fuerzas y dediquemos esas fuerzas a celebrar. Estamos embriagados por ese elixir del —pequeño, pero inolvidable— triunfo que solo aquellos que acometieron la empresa de escribir algo de principio a fin conocen.



No, la lista del supermercado no vale (*)

No es que no nos importe lo que ocurra con nuestra criatura textual en el futuro, pero la sensación de alivio y satisfacción derivada de dar cierre a su gestación es independiente de esa incertidumbre. Nada ni nadie nos podrá arrebatar el placer de ponerle un «hasta acá» al drenaje de la tinta concreta o virtual que se empecinó en correr por nuestras venas e impulsarnos a vivir al ritmo de sus caprichos, bajo la premisa de que teníamos algo que contarle al mundo.


En la próxima entrada retomaré este tema con un nuevo par de recomendaciones.


(*) Imagen de Michael Sylvester en Pixabay



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