Guías para escribir y misceláneas literarias

  • Ariana Riccio

Lecturas recomendadas (II)


La segunda lectura recomendada continúa la línea de la primera porque, desde el título, retoma la misma corriente de pensamiento.

Me refiero al clásico de clásicos Zen en el arte de escribir, de Ray Bradbury. Es muy posible que todos aquellos que ya tengan algunos kilómetros recorridos en la sinuosa ruta de la escritura lo hayan leído o, si no es así, que lo tengan en radar como pendiente. Si fuera esto último, no lo posterguen más.

Y, si nunca entró en sus consideraciones leerlo, les pido por favor que -más allá de conocer mis razones- hagan una búsqueda en Google y descubran, aunque sea, alguna de sus frases.

Debo comenzar haciendo una declaración de principios: soy fan de Bradbury; por lo tanto, me es muy difícil ser objetiva con él. De hecho, mi primer blog fue bautizado "Crónicas Planetarianas" en su honor.

Para mí, Bradbury es el adalid de quienes escribimos porque creemos que escribir y leer son dos de las pocas cosas que nos rescatan de los peores abismos en los que podamos caer a lo largo de nuestras vidas.

Lo que admiro de este autor es que él logra transmitirnos la sensación de que no existe ninguna caída que no pueda ser detenida y suavizada por el hecho de escribir. Confieso que aún no logré llegar al mismo punto de convicción, pero reconozco que cada vez que releo pasajes de ese libro siento que ese nivel de fe puede ser alcanzado y está en las manos de todos los que escribimos.

Porque su libro no es otra cosa que eso que, según la opinión de muchos, todas las obras perdurables son: una historia de amor. Un amor no siempre explícito, un amor que a veces debe leerse entre líneas, un amor que es la causa y consecuencia de otros amores, como Bradbury nos demuestra a través de las páginas de este texto.

Un amor que, como ocurre en cualquier relación humana, requiere una entrega constante y -a la vez- ofrece las condiciones para que en ese mismo acto de entrega podamos ejercer nuestra libertad en su máximo nivel de potencial. Este libro nos recuerda que, cuando mente y cuerpo se funden, surge el alma de las historias cuya voz se manifiesta a través de esa unidad en que nos convertimos o que, mejor dicho, recuperamos; porque es nuestro estado natural aunque los avatares de la vida nos induzcan a olvidarlo.

Bradbury nos lo hace notar y, como Herrigel en Zen en el arte del tiro con arco, lo hace a través de su experiencia. Nos hace recorrer con él su camino de errores y aciertos en el oficio de escribir.

Oficio que, en tanto tal, solo puede ser dominado a través de la práctica. No existe otra alternativa: el cuerpo debe adquirir un hábito y será esa adquisición la que luego nos conduzca a ese estado donde cuerpo y mente ya no necesitan comunicarse entre sí y las historias se manifiestan con las palabras justas y necesarias.

La base de todo, una vez más, es la constancia y el liberarnos de los prejuicios acerca de lo que creemos que debemos escribir. La historia que nos elige como sus autores tiene una voz que excede los condicionamientos de nuestra mente.

Para escucharla, es menester llegar a ese punto del flow en que las palabras brotan más allá del esfuerzo consciente.

Y, para llegar a ese punto, hay que escribir muchas páginas previas. Existen rituales que pueden ayudarnos (en algún otro post escribiré sobre eso) pero no existen atajos.

Así como hay que disparar miles de flechas, hay que escribir miles de palabras para llegar a ese blanco que, siempre, se encuentra dentro de nosotros.


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Es menester decir que no creo en los consejos, en ningún orden de la vida. Por eso hablo de experiencias personales que, entiendo, pueden servir de punto de partida a otros para desarrollar las suyas.

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